El rescate de los caballos de Marrum
La noche del 31 de octubre de 2006, una fuerte tormenta azotó el norte de los Países Bajos.
En la zona de Marrum, en Frisia, las aguas comenzaron a subir rápidamente. Un grupo de más de un centenar de caballos quedó atrapado en una pequeña elevación de terreno, rodeada por el agua.
Los caballos estaban cada vez más juntos, intentando mantenerse en la zona que todavía permanecía seca.
Durante tres días permanecieron allí.
El agua había convertido el terreno en una isla y, aunque la tierra firme no estaba muy lejos, los animales no encontraban la manera de llegar hasta ella.
Se intentaron diferentes formas de rescate.
Pero acercarse a los caballos con vehículos o embarcaciones resultaba complicado. Los animales estaban asustados y cualquier movimiento podía provocar que se dispersaran.
Un grupo de mujeres decidió acercarse hasta la zona inundada montando sus propios caballos.
No iban a buscar a un animal concreto.
Iban a intentar que la manada las siguiera.
Entraron en el agua y avanzaron hacia los caballos.
Al principio, los animales permanecieron agrupados sobre la pequeña isla.
Pero poco a poco comenzaron a observar a aquellos caballos que se acercaban.
Las amazonas continuaron avanzando.
Y la manada empezó a moverse detrás de ellas.
Los caballos abandonaron el lugar donde habían permanecido durante días y comenzaron a atravesar el terreno inundado siguiendo a los otros caballos.
El desplazamiento fue rápido.
Uno detrás de otro, fueron avanzando hacia la zona segura.
Finalmente, la mayor parte de la manada consiguió llegar a tierra firme.
La operación permitió salvar a más de un centenar de caballos, aunque varios animales habían muerto durante la inundación.
La imagen de aquella manada avanzando junta después de permanecer tres días atrapada se convirtió en una de las historias más conocidas de rescate de caballos en los Países Bajos.
Y quizá lo más interesante de la historia no sea solamente que fueron rescatados.
Sino cómo encontraron el camino para salir.
No fue necesario que alguien les indicara uno por uno qué tenían que hacer.
La manada observó.
Respondió.
Y avanzó junta.

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Si te apetece descubrir cómo trabajamos con ellos y qué puede surgir en ese encuentro, escríbeme. Estaré encantada de contártelo.
Operación Cowboy
Abril de 1945. La Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin.
En Hostouň, una localidad de la entonces Checoslovaquia —hoy República Checa— se encontraban alrededor de 1.200 caballos. Entre ellos, cerca de 400 lipizzanos vinculados a la Escuela Española de Equitación de Viena.
Las tropas soviéticas avanzaban desde el este y los estadounidenses desde el oeste. Los caballos estaban en medio de un territorio en guerra y su futuro era incierto.
Fue entonces cuando soldados estadounidenses y alemanes, que hasta hacía muy poco estaban enfrentados, decidieron colaborar para ponerlos a salvo.

Más allá de la propia hazaña, hay algo que para mí tiene un valor especial: en medio de una guerra, los caballos fueron capaces de unir a personas que estaban en bandos enfrentados.
Quizá porque la relación entre caballos y personas va mucho más allá de las palabras.
Un caballo observa, percibe, responde a nuestra presencia. Y nosotros, cuando aprendemos a estar realmente presentes, comenzamos también a prestar atención a todo aquello que sucede en la relación.
Quizá por eso esta historia sigue teniendo algo que decirnos hoy.
Porque aquellos caballos no solo cruzaron una guerra.
También nos recuerdan que, incluso en momentos de máxima separación, puede existir algo capaz de unirnos.
Fuente: U.S. Army Center of Military History y U.S. Army, documentación sobre la Operation Cowboy y el rescate de los caballos de Hostouň.
Así nació la llamada Operación Cowboy.
Durante la evacuación hubo ataques y enfrentamientos, pero los soldados continuaron trasladando a los caballos hacia territorio seguro. Potros recién nacidos, yeguas y cientos de animales fueron sacados de la zona de combate.
Finalmente, consiguieron salvarlos.
